Hoy sabemos que en la tarea de formación de las personas, la preocupación
por el aprendizaje significativo va primero, antes que los aspectos de
procedimiento y logísticos un tanto mecánico que han caracterizado el
quehacer en las escuelas.
Aprendizaje
significativo quiere decir muchas cosas, entre otras, que el sujeto del
aprendizaje no es un receptor pasivo frente a conceptos abstractos y
situaciones al margen de su propia realidad; por el contrario, al tratar de
comprender cómo aprendemos el resultado más simple ha sido el de asimilar que
lo hacemos en una estrecha relación con los objetos que nos rodean, en la
interacción que tenemos con los mismos y en la oportunidad de manipularlos,
servirnos de ellos, transformarlos y permitir que, de igual modo, nos
transformen. De la misma forma, hoy reconocemos la importancia de entender que
nadie se enfrenta a una nueva situación de aprendizaje sin un repertorio de
esquemas personales, llámense conceptos, habilidades, destrezas, experiencias,
que son resultado de relaciones y aprendizajes previos, cuyo papel es especialmente
importante para desarrollar representaciones actualizadas de nuestra realidad,
lo que nos plantea la seguridad de que quien aprende es un ser dinámico y
socialmente activo, en la medida en que buena parte de nuestro entorno se
encuentra ligado a la relación con otros seres sociales a partir de los cuales
y con los cuales construimos versiones de la realidad que compartimos y las que
resultan nuestras en lo particular.
Ciertamente,
se trata de nuestros esquemas, mismos que cambian en la proporción en que
nuestro ser físico se transforma interna y externamente, acompañado de las
modificaciones culturales de la civilización en la que participamos
cotidianamente, haciendo su dinámica e intersubjetivando con ella. Asimismo,
hoy se tiene la certeza de que la transmisión de información no tiene ningún
sentido tan solo con la existencia de un ente que sirva de receptor.
Actualmente,
el mundo de la información y del conocimiento
es tan diverso y abundante que resulta de mayor utilidad el dominio de
fundamentos y aspectos básicos, asociados a un manejo muy diestro de los
métodos para encontrar, interpretar, analizar críticamente y recrear saberes
necesarios por algún motivo y potencialmente útiles, lo que indica un
acercamiento más detenido en los sistemas de trabajo que la escuela debe
favorecer, partiendo de la necesidad de enseñar y aprender a pensar, lo que nos
remite a ubicar el trabajo de los docentes como mediadores eficaces que
acompañen a los estudiantes en los procesos de reorganización interna de sus
esquemas, al colaborar en la tensión que el propio sujeto puede lograr hacer
cuando confronta lo que ya sabe con lo que debería saber. Se trata de un
proceso de desenvolvimiento de la persona que lo hace pasar, de manera
comprometida con su propia realización, a las reformulaciones previas al
alcance de representaciones sobre su realidad que antes no tenía y con lo cual
el docente se constituye en un
colaborador entusiasta.
Partimos
de que lo que se aprende no se reduce a información que extracta terminológicamente
los progresos en el campo científico, tecnológico y humanístico. En una
dimensión del desarrollo de la cultura ancestral y contemporánea es de
reconocer su importancia y la necesidad de que dicho capital de la civilización
humana sea valorado y conservado en las proporciones necesarias por el bien de
la humanidad misma. Sin embargo, un mundo que se caracteriza porque su
existencia consiste en procesar adecuadamente sus propios cambios, no sólo
requiere sino además demanda la participación activa de quienes forman el
protagonismo más determinante en relación con este fenómeno. Dicha
participación no solamente trata que se realice a través de dominios
conceptuales, también reviste exigencias en cuanto a aspectos procedimentales,
es decir, repertorios que permiten la ejecución de algo, a saber, técnicas,
procedimientos, métodos, habilidades, que al aplicarse nos permiten conseguir
acceder a un logro específico; o bien una serie de disposiciones que nos
conducen a interactuar real o subjetivamente ya en forma positiva o negativa
con ciertos objetos, situaciones o instituciones de la realidad o en nuestra
sociedad.
Lo de
antes era trabajar por la eficiencia retentiva que en apariencia se lograba
separando en unidades de transmisión simples, haciendo énfasis en los aspectos
del conocimiento y los metodológicos, mientras la formación procedimental y las
actitudes se daban por derivadas como
elementos implícitos. Lo de hoy es que
por fin se piensa a las personas que aprenden como sujetos activos, que participan
como una verdadera unidad compleja de aspectos entre los que sobresalen los
conceptuales, los procedimentales y los actitudinales. No como una moda que
tiende a complicar el tema educativo con una buena cantidad de ideas
superficiales, sino como una tendencia más segura y asertiva en relación con el
ser humano que somos y la persona que es deseable en un mundo en transformación
en el que participamos.
En
razón a lo anterior, los estudiantes son personas que
provienen de distintos contextos en los cuales han aprendido a desenvolverse,
portando una gran cantidad de esquemas y representaciones que sirven de base
para interpretar e interactuar con sus realidades inmediatas entre las que
destaca la escuela como uno de sus entornos temporales más significativos. Al
partir de esta idea central, nos pronunciamos por el enriquecimiento de las
experiencias de los jóvenes y el desenvolvimiento de nuevos esquemas que les
permitan adaptarse a los cambios de su mundo presente y a contribuir con los
mismos a una mayor velocidad con respuestas adecuadas y creativas a sus
exigencias de transformación.
El concepto de estudiante como sujeto activo,
permite inferir que tanto éste como el
rol del docente deben ser distintos. Hoy se piensa en un docente dispuesto a acompañar al
estudiante en la edificación de su propia formación, propiciando el encuentro
directo del estudiante con los saberes y experiencias fundamentales para que se
produzcan los cambios pertinentes en su interior y se traduzcan en desempeños
que denoten el carácter integral de los aprendizajes que resultan de interacciones
ricas en detalles entre los cuales sobresalga el interés por la búsqueda de
información, su manejo y su recreación, el respeto a la existencia y la
intención de un mundo mejor. Se trata de un docente que piensa ir más allá de
la tarea de transmitir información, para situarse en una zona de intercambios
en donde su papel es la de mediar entre el saber y el estudiante, en la
intención de que éste sea reflexivo, autónomo, propositivo y se encuentre en
mejores condiciones de enfrentar los desafíos de un mundo cada vez más
complejo, enfrentado a una modernidad que le exige responder desplegando repertorios de estrategias cuya efectividad
no se puede medir solo a partir de lo que sabe, sino también de cómo lo hace,
cómo lo enfoca y transforma.
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